La perfección fruto de la gracia

Moisés habló al pueblo ? y a cada uno de nosotros -, diciendo: ?Hoy te has comprometido a aceptar lo que el Señor te propone: Que él será tu Dios, que tú iras por sus caminos, guardarás sus mandatos, preceptos y decretos, y escucharás su voz? ¡Hoy! No mañana, no más tarde ¡Ahora! Queremos ir por tus caminos, Señor. Y como nos dice el salmo ser dichosos porque caminamos en la voluntad del Señor, guardando sus preceptos y buscándole de todo corazón.

Buscarle de todo corazón y encontraremos el camino para seguir el mandato del Señor: ?sed perfectos?. Dios podría habernos creado perfectos, con todas las virtudes. Sin embargo, nos concede el privilegio de colaborar con El en nuestra santificación, aunque sea muy poco lo que podamos. Ser santo es heroico? ¡pero fácil! Siguiendo el consejo del autor de la Carta a los Hebreos: ?quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe? (He 12, 2). Mantener la mirada en Cristo no únicamente nos descubre el camino de la perfección en la obediencia a la voluntad del Padre, sino que nos da la fortaleza de imitarle. ?Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios – en particular, el mandamiento del amor al prójimo -, interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14)? (San Juan Pablo II, Encíclica ?Veritatis splendor?, 15).

El ?motor? para alcanzar la perfección es la gracia de Dios en cada uno, pero requiere correspondencia, constancia en la lucha. ?La santidad cristiana no consiste en ser impecables, sino en la lucha por no ceder y volver a levantarnos siempre, después de cada caída. Y no deriva tanto de la fuerza de voluntad del hombre, como del esfuerzo por no obstaculizar la acción de la gracia en la propia alma, y ser, más bien, sus humildes colaboradores? (San Juan Pablo II, Alocución, 23 – III ? 1983). No podemos olvidar que no estamos solos en la lucha por alcanzar la perfección, la santidad. Nos acompaña el designio y el deseo de Dios de que seamos santos e irreprochables ante El por el amor (cf. Ef 1,4) nos acompañan los méritos de los santos, de la Virgen María, por la bendita comunión de los santos. Y, sobre todo, la gracia de Cristo, que nos hace ?criaturas nuevas? (2 Cor 5,17), nos sana y fortalece con su gracia, que es una participación en su misma Vida de Hijo unigénito del Padre y ¡que nos hace santos!

Hagamos como San Pablo les dice a los filipenses: ?No es que ya lo haya conseguido, o que ya sea perfecto, sino que continúo esforzándome por ver si la alcanzo, puesto que yo mismo he sido alcanzado por Cristo Jesús. Hermanos, yo no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda atrás, una cosa intento: lanzarme hacia lo que tengo por delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama desde lo alto por Cristo Jesús? (Fil 3, 12 ? 14).

María, Reina de todos los santos nos mantenga con ánimo firme en la lucha por corresponder al amor de Hijo por cada uno.