No cansa la parábola del hijo pródigo. Contiene una riqueza infinita cuya meditación trae al corazón una fuente inagotable de luces para la vida interior.
La experiencia del perdón después del daño hecho es parte esencial de nuestra pobre vida. El perdón recompone los pedazos en que nuestra alma se había roto, y los pega con los lazos de un amor que no sólo los une de nuevo, sino que le otorga una nueva unidad, más sólida, más bella. El perdón es el mejor pegamento del amor.
Humanamente, que un padre perdone a su hijo, o un hijo perdone a su padre, o el perdón entre los esposos después de haberse hecho daño, o de dos amigos de toda la vida, genera una unión de amor verdadero, probado por el daño hecho, que a veces es muchísimo. Sin el daño, no se habría subido ese peldaño de amor, que es el más difícil: el de pedir perdón por parte del ofensor, y el de darlo por parte del ofendido. Ese acto humano sólo es verdadero si existe amor. Sin ese amor, se convierte sólo en un pacto, pero que no llega a pegar las partes adecuadamente.
La experiencia interior que todos tenemos del pecado, bien sea al estilo del hijo mayor o del hijo menor ?los dos padecen de hecho el pecado? nos revela el grado de vulnerabilidad al que estamos sometidos. Si humanamente el perdón es salvador, cuando ese perdón lo realiza Dios, entonces adquiere dimensiones infinitas, muchísimo más profundas y eficaces que el amor humano: se trata no sólo de resarcir un daño hecho. El Señor, que es el Amor y nos da amor, convierte su perdón en algo salvífico, redentor, que va a las raíces del mal que nos aqueja: el pecado.
Algunos santos padres, como Orígenes o san Agustín, hablan de Cristo como un padre, en ese sentido espiritual en que hoy podemos interpretar esa parábola. Estamos habituados a referirla a la Persona divina del Padre, que tiene una profundidad infinita. Pero hoy, por darle un nuevo giro, podemos ver a Jesús como ese padre de nuestra alma, que nos abraza con sus manos atravesadas por los clavos, y nos pega a su pecho, del que sentimos el calor que nos llega desde su Sagrado Corazón a través de la herida de la lanza.